A veces duele te dirán. A veces quien más te quiere te hará sufrir te dirán… A veces decimos de más sin escuchar lo que cuentan los ojos. El amor duele cuando falta, cuando perece, cuando uno/a ya no siente lo mismo. Duele al que sueltan para poder partir y duele al que dejó porque ya no siente que sea su hogar entre unas manos.
Nuestro yo verdadero enamora, aunque en ocasiones lo transformemos tanto por complacer que ni siquiera nos reconozcamos. Una ruptura emocional, del tipo que sea, es un duelo. Se abre una grieta que parece irreparable en nuestro corazón, esta tendrá que sanar y tomará su propio ritmo. Sentimos vacío, angustia y eso que no sabemos dónde duele y que a veces las abuelas y madres dicen que es el alma. Quizás nos convirtamos en lobos heridos que buscan soledad y refugio incluso allí donde solo se halló dolor, o en molinos de viento que están sin ser en mil lugares a la vez.
Sin embargo, con el tiempo aparece una sensación extraña, requiere de paciencia, fortaleza y redescubrimiento. Se trata de enamorarse de uno/a mismo/a… y es entonces cuando brotan cosas maravillosas: una relación especial y sana contigo que te permitirá compartir vida, amor e ilusión con aquella persona que elijas como compañero/a de vida, pero esta vez no por el miedo a estar sólo, sino por querer sumar y compartir lo que albergas en tu interior de forma auténtica. Amor con amor, sin depender, sin posesiones, acompañando sin invadir caminos.